domingo, 31 de mayo de 2026

607. Boletín Informativo Cultural.

 

¿El Destino o el Karma?


El propósito de esta publicación es recoger las vivencias de dos ramas familiares:
1) Graciano Lípiz Rodríguez y Blanca Rosa García Amat, su esposa y descendientes.  2) Miguel Hijarrubia y Rosa Hilda Zell, más sus descendientes.

Parte de raíces muy profundas en el primer tercio del siglo XX, aproximadamente a partir de 1,920 hasta 1,964 en que muere Graciano. En aquella lejana década se produce la unión de Miguel Hijarrubia y Rosa Hilda Zell en un período muy convulso de la Historia de Cuba, que continúa hasta el presente. Es la vida y obra de sus hijos. Foto familiar.

Esta historia es mucho más que la de una pareja, con sus altas y bajas imprevisibles. Todo lo dicho aquí, es totalmente cierto y comprobable. Es, nada más que la verdad verdadera: guste o no. Iremos publicando nuestra vida en común, lo que vivimos y ahora queremos divulgar. El Karma aparece constantemente porque es el destino, la causalidad*, el azar,  el que juega con nuestras vidas. Los autores,- Yskra y Romel-, somos responsables de lo aquí escrito y su interpretación histórica.

Esta narración será inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual, por lo que, si alguien estuviera interesado en reproducirla, total o parcialmente, deberá solicitar permiso de los Editores

[*Causa y efecto: La conexión necesaria entre un fenómeno (causa) y otro que se deriva de él (efecto).]  

Capítulo I: Encuentro con el pasado.

Era la tarde-noche del jueves 29 de febrero de 1,964, año bisiesto; había realizado un examen de matemáticas del cual había salido muy contento: tenía la nota más alta. Era un profesor de “los antiguos”, recto, capacitado, que explicaba los antecedentes de los problemas matemáticos: ello te permitía razonar mejor lo planteado. [Está es la primera señal del Karma: ¿por qué ocurrió ese día excepcional y no otro? No lo sé.] 

Era la “escuela” de formación para estudios económicos superiores, a la que asistía a partir de la 5 de la tarde hasta la 7 de la noche. Venía desde más de 25 km, Santiago de Las Vegas, hasta ella, situada en Ayestaran y 19 de Mayo, si mal no recuerdo.  Aunque era un trabajador de plantas telefónicas para comunicaciones de larga distancia, deseaba ampliar mi mundo. En los primeros meses del año 1,959, había matriculado Agronomía en la Quinta de los Molinos, que había sido residencia provisional del Generalísimo Máximo Gómez Báez, situada en Carlos III y Boyeros (Quinta de los Molinos). Sin embargo, en esos meses tan revueltos, había tenido que dejar de asistir.

Allí, y esa tarde, tuve el primer choque con la realidad del pasado reciente: un señor madurito, alto, calvo, entradito en carnes, estaba copiando descaradamente el examen ante la vista de todos. Ninguno había actuado para impedir el fraude. Me dirigí al Delegado del Aula para que parara ese engaño, pero no dio resultado. Insistieron en que llamarían al alumno para, en privado, señalarle su mala actuación. Asumo que todo quedó en “agua de borrajas”. Veinte años más tarde, lo volví a encontrar en el Aeropuerto Internacional “José Martí” convertido en un importante funcionario, envuelto en un costoso abrigo invernal. El Karma existe.

[La definición parece simple: la palabra karma proviene del sánscrito (lengua clásica de los eruditos hindúes) y significa "acción"; sin embargo, "en el budismo se refieren a ella como la ley de la causalidad." “Karma. (Del sánscrito karma: hecho, acción). 1. m. En algunas religiones de la India, energía derivada de los actos que condiciona cada una de las sucesivas reencarnaciones, hasta que se alcanza la perfección. 2. m. En otras creencias, fuerza espiritual”. D. L. E., R. A. E.  En el uso no especializado y general es: coincidencia, destino, predestinación, azar, etc.]

Al bajar la escalera que daba a 19 de Mayo, me llamó desde lo alto un conocido, - Héctor Heras-, un joven brillante, de humilde cuna, que había conocido con su hermano Eduardo en la lucha clandestina, alumnos ambos de la Escuela Normal para Maestros de La Habana. Ellos, con Mirta Rodríguez Calderón, Niurka Lípiz, Fulgencio Oroz, asesinado y desaparecido por los esbirros de la tiranía, y otros estudiantes, estaban luchando contra la tiranía de Batista en el Movimiento 26 de Julio.

Dada su formación, trato y relaciones, pronto lo situaron en un alto cargo de asesoría adjunto al Presidente Urrutia. Parece que olvido de dónde provenía porque una tarde, al ir a saludarlo, me trato de forma incorrecta, lo que provocó que le “cantará las 40” por su soberbia. No obstante, cuando me llamó, fui a ver qué quería decirme: “Romel, Lípiz murió; está en la funeraria de 23 y L”. Él se marchaba, yo también. Minuto más o menos no me hubiera enterado de la muerte de un hombre al que quería como un padre. El Karma existe.

Graciano Lípiz Rodríguez me había acogido en el seno de su familia como uno más, porque mi madre estuvo ingresada en el Sanatorio “La Esperanza”, el hospital para tuberculosos, desde el año 1,939 hasta 1,944/45. Mi padre, dedicado a sus trajines sindicales, no tenía condiciones para atendernos a mí, un hermano y una hermana. Por ello, pase por dos asilos para niños sin hogar: uno, fue una escuela de monjas con ellos,  cerca de Cuatro Caminos y el otro fue el Centro Martiano que estaba en Cojimar, siendo el destino de mis hermanos un hogar similar laico, perdiendo el contacto familiar.

Un día pasó una procesión religiosa por la calle Monte. Con ellos, me puse a verla. Parece que hice algún comentario indebido, por lo que las monjas me dieron una buena de cocotazos. Tenía,- más o menos-, 7- 8 años. Quedó en mis recuerdos para toda la vida. Ello, tal vez, me llevó a no ser creyente y desconfiar bastante de los curas en general. El Karma existe.

Heme aquí en el salón de la funeraria, con decenas de amigos de los viejos y nuevos tiempos. Miré alrededor para descubrir antiguas caras y buscar la familia. Allí estaban conversando, reviviendo viejas o nuevas historias. Vi una mujer que me llamó la atención, por su pelo negro y figura, así como por la serenidad que mantenía en aquellos momentos de dolor. Era la mayor de las hijas de Graciano, Yskra, a quien no veía, ni sabía de su vida, hacia más o menos, quince años.

Hicimos un aparte para recordar nuestro tiempo de pequeños: yo con ocho  o nueve  años, ella con diez u once. Inevitablemente evocamos nuestra época de niños: aún me chupaba el dedo y ella se burlaba continuamente de mí. Un 20 de mayo de 1,944 cambiaba el gobierno de la República; dejaba el poder el general Fulgencio Batista Zaldívar: lo transfería al Dr. Ramón Grau San Martín. Cuando comenzó a escucharse el Himno Nacional, los hijos de Lípiz, que estaban conmigo, llevaron la mano a la frente o al corazón, en saludo muy poco marcial.

Tenía el pulgar en la boca y, sin sacarlo de ella, estiré la mano hacia la frente, lo que en ellos  provocó gran risa y a mí, una furia incontrolable, la que me dio por arrojar a Yskra un tornillo de banco carpintero, que no le dio por su rápida reacción. ¿Lo digo? Sí, el Karma existe, porque pude haberla matado o herido, y otra serían la historia y muchas vidas.

Como está, otras similares: yo era parte de la familia, pero no del todo. Por la tarde, cuando Graciano regresaba a casa, terminada su labor de profesor en la Escuela Técnica Industrial de Rancho Boyeros, los niños corrían hacia él, lo abrazaban y acompañaban hacia la vivienda. Yo me quedaba detrás, sin atreverme, pero deseando con todas mis fuerzas, correr también y abrazar ami padre”. Nunca llegue a unirme al grupo de chiquillos y eso me dolía mucho.

Cuando nos cansamos de conversar y recordar, pensamos salir a respirar aire fresco, tomar algún café y regresar más despiertos. Bajamos, tomamos el café, decidiendo irnos al muro del Malecón un rato. Nos sentamos allí tranquilos. No había viento ni frío, en ese final del febrero caribeño, por lo que reanudamos la conversación.

Rememoré cuando abuela Emilia Rodríguez Gato, nos llevaba al cine que estaba frente a la terminal de la Víbora. Allí vi las primeras series de ciencia ficción, muy primitivas,- como es lógico-, de Flash Gordon, contra los “malos”.

De una forma u otra, en algún momento, ella me preguntó sí era feliz: me quedé pensando en la pregunta y en la respuesta que debía dar. Si no hubiera preguntado, también otra sería la historia, porque yo siempre la había querido, pero no sabía decirlo siendo ambos muy jóvenes. Cuando nos unimos, 10/15 años más tarde, me contó que no había sentido que yo tuviera interés personal por ella,- en especial, esa noche oscura y solos-, mientras íbamos a repartir la leche a Emeterio y su esposa, de Chiquitica, la vaquita que Graciano había adquirido, a cambio de una máquina de escribir. Sentía que no debía hacer algo que “mis padres adoptivos tuvieran que reprocharme”. Por tanto, sin causa, no hubo efecto.

Esta historia continuará en el capítulo II, dentro del nuevo blog que, asumimos, será el 608. II. Mi etapa infantil. pág. 3. Publicado el 31 de mayo de 2,026. Hora de España: 14.14

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