¿El Destino o el Karma?
El propósito de esta publicación es recoger las vivencias de dos ramas familiares: 1) Graciano Lípiz Rodríguez y Blanca Rosa García Amat, su esposa y descendientes. 2) Miguel Hijarrubia y Rosa Hilda Zell, más sus descendientes.
Parte
de raíces muy profundas en el primer tercio del siglo XX, aproximadamente a
partir de 1,920 hasta 1,964 en que muere Graciano. En aquella lejana década se
produce la unión de Miguel Hijarrubia y Rosa Hilda Zell en un período muy convulso de la Historia de Cuba,
que continúa hasta el presente. Es la vida y obra de sus hijos. Foto
familiar.
Esta
historia es mucho más que la de una pareja, con sus altas y bajas
imprevisibles. Todo lo dicho aquí, es totalmente cierto y comprobable. Es, nada
más que la verdad verdadera: guste o no.
Iremos publicando nuestra vida en común, lo que vivimos y ahora queremos
divulgar. El Karma aparece constantemente porque es el destino, la causalidad*, el azar, el
que juega con nuestras vidas. Los autores,- Yskra y Romel-,
somos responsables de lo aquí escrito y su interpretación histórica.
Esta
narración será inscrita en el Registro de la Propiedad Intelectual, por lo que,
si alguien estuviera interesado en reproducirla, total o parcialmente, deberá
solicitar permiso de los Editores
[*Causa y efecto: La conexión necesaria
entre un fenómeno (causa) y otro que se deriva de él (efecto).]
Capítulo I: Encuentro con el pasado.
Era la tarde-noche del jueves 29
de febrero de 1,964, año bisiesto; había realizado un examen de
matemáticas del cual había salido muy contento: tenía la nota más alta. Era un
profesor de “los antiguos”, recto,
capacitado, que explicaba los antecedentes de los problemas matemáticos: ello
te permitía razonar mejor lo planteado. [Está es la primera señal del Karma:
¿por qué ocurrió ese día
excepcional y no otro? No lo sé.]
Era la “escuela” de formación para estudios económicos superiores, a la que
asistía a partir de la 5 de la tarde hasta la 7 de la noche. Venía desde más de
25 km, Santiago de Las Vegas, hasta ella, situada en Ayestaran y 19 de Mayo, si
mal no recuerdo. Aunque era un
trabajador de plantas telefónicas para comunicaciones de larga distancia,
deseaba ampliar mi mundo. En los primeros meses del año 1,959, había
matriculado Agronomía en la Quinta de los Molinos, que había sido residencia
provisional del Generalísimo Máximo Gómez Báez, situada en Carlos III y Boyeros
(Quinta de los Molinos). Sin embargo, en esos meses tan revueltos, había tenido
que dejar de asistir.
Allí, y esa tarde, tuve el primer
choque con la realidad del pasado reciente: un señor madurito, alto, calvo, entradito en carnes, estaba copiando
descaradamente el examen ante la vista de todos. Ninguno había actuado para impedir el fraude.
Me dirigí al Delegado del Aula para que parara ese engaño, pero no dio
resultado. Insistieron en que llamarían al alumno para, en privado, señalarle
su mala actuación. Asumo que todo quedó en “agua
de borrajas”. Veinte años más tarde, lo volví a encontrar en el Aeropuerto
Internacional “José Martí” convertido en un importante funcionario,
envuelto en un costoso abrigo invernal. El Karma existe.
[“La definición parece simple: la palabra
karma proviene del sánscrito (lengua clásica de los eruditos hindúes) y
significa "acción"; sin embargo, "en el budismo
se refieren a ella como la ley de la causalidad." “Karma. (Del
sánscrito karma: hecho, acción). 1. m. En algunas religiones de
la India, energía derivada
de los actos que condiciona cada una de las sucesivas reencarnaciones, hasta
que se alcanza la perfección. 2. m. En otras creencias, fuerza
espiritual”. D. L. E., R. A. E. En el
uso no especializado y general es: coincidencia, destino, predestinación,
azar, etc.]
Al bajar la escalera que daba a
19 de Mayo, me llamó desde lo alto un conocido, - Héctor Heras-, un
joven brillante, de humilde cuna, que había conocido con su hermano Eduardo
en la lucha clandestina, alumnos ambos de la Escuela Normal para Maestros de La
Habana. Ellos, con Mirta Rodríguez Calderón, Niurka Lípiz, Fulgencio
Oroz, asesinado y desaparecido por los esbirros de la tiranía, y otros
estudiantes, estaban luchando contra la tiranía de Batista en el Movimiento 26
de Julio.
Dada su formación, trato y
relaciones, pronto lo situaron en un alto cargo de asesoría adjunto al
Presidente Urrutia. Parece que olvido de
dónde provenía porque una tarde, al ir a saludarlo, me trato de forma
incorrecta, lo que provocó que le “cantará las 40” por su soberbia. No
obstante, cuando me llamó, fui a ver qué quería decirme: “Romel, Lípiz murió; está en la funeraria de 23 y L”. Él se marchaba, yo también.
Minuto más o menos no
me hubiera enterado de la muerte de un hombre al que quería como un padre.
El Karma existe.
Graciano Lípiz Rodríguez me había acogido en el seno de
su familia como uno más, porque mi madre estuvo ingresada en el Sanatorio “La
Esperanza”, el hospital para tuberculosos, desde el año 1,939 hasta 1,944/45.
Mi padre, dedicado a sus trajines sindicales, no tenía condiciones para
atendernos a mí, un hermano y una hermana. Por ello, pase por dos asilos para
niños sin hogar: uno, fue una escuela de monjas con ellos, cerca de Cuatro Caminos y el otro fue el
Centro Martiano que estaba en Cojimar, siendo el destino de mis hermanos un
hogar similar laico, perdiendo el contacto familiar.
Un día pasó una procesión
religiosa por la calle Monte. Con ellos, me puse a verla. Parece que hice algún
comentario indebido, por lo que las monjas me dieron una buena de cocotazos.
Tenía,- más o menos-, 7- 8 años. Quedó en mis recuerdos para toda la vida. Ello, tal vez, me
llevó a no ser creyente y desconfiar bastante de los curas en general. El
Karma existe.
Heme aquí en el salón de la
funeraria, con decenas de amigos de los viejos y nuevos tiempos. Miré alrededor
para descubrir antiguas caras y buscar la familia. Allí estaban conversando,
reviviendo viejas o nuevas historias. Vi una mujer que me llamó la atención, por su pelo negro
y figura, así como por la serenidad que mantenía en aquellos momentos de dolor.
Era la mayor de las hijas de Graciano, Yskra, a quien no veía, ni sabía
de su vida, hacia más o menos, quince años.
Hicimos un aparte para recordar
nuestro tiempo de pequeños: yo con ocho
o nueve años, ella con diez u
once. Inevitablemente evocamos nuestra época de niños: aún me chupaba el dedo y ella se burlaba
continuamente de mí. Un 20 de mayo de 1,944 cambiaba el gobierno de la
República; dejaba el poder el general Fulgencio Batista Zaldívar: lo
transfería al Dr. Ramón Grau San Martín. Cuando comenzó a escucharse el
Himno Nacional, los hijos de Lípiz, que estaban conmigo, llevaron la mano a la
frente o al corazón, en saludo muy poco marcial.
Tenía el pulgar en la boca y, sin
sacarlo de ella, estiré la mano hacia la frente, lo que en ellos provocó gran risa y a mí, una furia
incontrolable, la que me dio por arrojar a Yskra un tornillo de banco
carpintero, que no le dio por su rápida reacción. ¿Lo digo? Sí, el Karma
existe, porque pude haberla matado o herido, y otra serían la historia y
muchas vidas.
Como está, otras similares: yo
era parte de la familia, pero
no del todo. Por la
tarde, cuando Graciano regresaba a casa, terminada su labor de profesor en la Escuela
Técnica Industrial de Rancho Boyeros, los niños corrían hacia él, lo
abrazaban y acompañaban hacia la vivienda. Yo me quedaba detrás, sin atreverme,
pero deseando con todas mis fuerzas, correr también y abrazar a “mi
padre”. Nunca llegue a unirme al grupo de chiquillos y eso me dolía
mucho.
Cuando nos cansamos de conversar
y recordar, pensamos salir a respirar aire fresco, tomar algún café y regresar
más despiertos. Bajamos, tomamos el café, decidiendo irnos al muro del Malecón
un rato. Nos sentamos allí tranquilos. No había viento ni frío, en ese final
del febrero caribeño, por lo que reanudamos la conversación.
Rememoré cuando abuela Emilia
Rodríguez Gato, nos llevaba al cine que estaba frente a la terminal de la
Víbora. Allí vi las primeras series de ciencia ficción, muy primitivas,- como
es lógico-, de Flash
Gordon, contra los “malos”.
De una forma u otra, en algún momento, ella me preguntó sí era feliz:
me quedé pensando en la pregunta y en la respuesta que debía dar. Si no hubiera
preguntado, también
otra sería la historia, porque yo siempre la había querido, pero no
sabía decirlo siendo ambos muy jóvenes. Cuando nos unimos, 10/15 años más
tarde, me contó que no había sentido que yo tuviera interés personal por ella,-
en especial, esa noche oscura y solos-, mientras íbamos a repartir la leche a Emeterio
y su esposa, de Chiquitica, la vaquita que Graciano había
adquirido, a cambio de una
máquina de escribir. Sentía que no debía hacer algo que “mis padres
adoptivos tuvieran que reprocharme”. Por tanto, sin causa, no hubo
efecto.
Esta historia continuará en el
capítulo II, dentro del nuevo blog que, asumimos, será el 608. II. Mi etapa
infantil. pág. 3. Publicado el 31 de mayo de 2,026. Hora de España: 14.14
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